Isekai Goumon Hime Volumen 1 – Prólogo

Isekai Goumon Hime Volumen 1.

Prólogo.

Sena Kaito pensaba que, de alguna manera, él ya sabía que esto sucedería, todo mientras su cuello estaba siendo fuertemente apretado.

De hecho, el que hubiera vivido hasta este punto ya podía ser considerado un milagro. Su brazo estaba lleno de pequeñas heridas de corte. Su brazo derecho bañado en sangre rojiza ya no se movía, y su tobillo, que estaba en una posición extraña, ya había quedado inmóvil desde hace algunos meses. El intenso dolor que sentía en su estómago desde hace 3 días se debía probablemente a que sus órganos internos estaban explotando uno tras otro.

Habían sido 17 años y 3 meses. Una vida donde un día lo usaban a placer, y al siguiente lo destruían de la misma forma.

Aquellos eran días en los que parecía ser parte de un ganado, el cual sabía, estaba a punto de ser cercenado; pero aun así no podía escapar. No obstante, su cuerpo no se usaría para darle de comer a nadie, a duras penas sería enterrado en alguna fosa, sus huesos serían triturados o su cuerpo quemado y dispersado por alguna montaña o río.

En medio de ese momento de dolor, sintió un dolor fuerte y prolongado, como si unos pulgares aplastaran nuevamente sus vías respiratorias y vasos sanguíneos.

Aún si movía débilmente sus piernas casi muertas y agarraba aquella mano, apretándola con sus uñas, lastimosamente su padre, ahora mismo no cargaba ni una pizca de razón o sentimiento. En medio de todo eso, tratando desesperadamente de buscar oxígeno sacando la lengua, una parte de Kaito se había separado de su cuerpo y estaba observando aquella situación de forma calmada. No obstante, en su parte corporal, en su mente, sentimientos desesperados daban vueltas alrededor con desespero. No quiero morir, no quiero morir, no quiero morir, por favor, no me dejes morir.

Aun así, los músculos de su garganta simplemente fueron aplastados. La vista lentamente iba dejando sus ojos y comenzó a dirigirse hacia una luz donde se supone que debería haber tinieblas.

Era una luz, como aquella de la que cualquiera ha escuchado antes de entrar al reino de la muerte.

Pero a la vez, se trataba de algo completamente diferente, algo malvado.

De un momento a otro, lo único que podía ver eran cadáveres humanos.

Tanto hombres, mujeres, niños y ancianos, estaban apilados, con señales de muertes demasiado anormales. Tal y como si se tratara de muñecos usados, sus extremidades estaban algunas rotas, sus estómagos destrozados, ojos tuertos y orejas arrancadas.

Frente a Kaito, personas que habían quedado en un estado lejos de la dignidad humana, estaban apiladas una encima de otra.

Los cuervos alzaron el vuelo levantando un sonido, con sus picos cargando trozos de la carne humana putrefacta. Su campo de visión de repente se tornó oscuro, y cientos, incontables bocas aparecieron alrededor. Personas cubriendo su cuerpo con batas negras desde la parte superior hasta la inferior, alzaron su puño y elevaron un gran grito hasta donde les alcanzaba la voz. “¡Mátenla, mátenla, mátenla, mátenla!” Aquel abrumador grito lleno de odio y deseos de matar, estaba dirigido hacia cierta chica.

Delante de sus ojos yacía una chica de cabello negro, envuelta en ropas de prisionero.  Su cuerpo estaba atado con locura, envuelto en cientos de cadenas delante de una horca. Aquel escenario era muy parecido al de una mariposa siendo atrapada en las redes de una araña. La chica levantó su rostro, moviendo su largo y hermoso cabello negro.

Aquellos ojos rojos, brillantes, en medio de un rostro rebosante de una belleza horripilante, miraban en dirección de Kaito.

La expresión de la chica no era la que tendría una víctima.

Sus ojos estaban brillando sin miedo ante las voces de odio de la muchedumbre, todo esto mientras no apartaba la vista de Kaito.

En aquel rostro sin ningún rastro de imperfección, yacía una sonrisa, una sonrisa maligna y llena de crueldad.

“¡Mátenla, mátenla, mátenla!” La turba nuevamente elevó voces de odio, las cuales ella recibió con una sonrisa. De una forma encantadora, de una forma apasionada, ella se reía de todo a su alrededor. Y en aquel mismo momento, una voz intimidante resonó.

—Levántate y haz una buena obra, antes de recibir tu ejecución.

Allí, exactamente en ese mismo momento.

El cuello del verdadero Sena Kaito, se rompió.

Sena Kaito, el chico que supuestamente ya había sido asesinado, abrió sus ojos lentamente. El fuego de la hoguera llenaba de calor sus pupilas, y cuando se dio cuenta, estaba en una habitación oscura hecha de piedra. Él tenía bastante claro que había sido asesinado, pero este lugar no le daba la impresión de ser el purgatorio. Frente a Kaito a punto de entrar en pánico, estaba parada aquella chica que había visto anteriormente.

Esta vez no estaba atada, pero de cierta forma, se veía como si estuviera prisionera.

La parte del pecho de su vestido estaba atado con algo parecido a un cinturón de cuero, como si estuviera apresando su delicado cuerpo. Debajo de aquellas cuerdas que estaban una encima de otra, podía visualizarse unos pechos bien dotados. En la parte inferior, sus hermosas piernas estaban envueltas por medias negras, largas, escondidas debajo de una falda negra. Detrás de ella, se extendía un manto de superficie negra e interior escarlata que servía de decoración para su atuendo. De cierta forma aquel atuendo se veía como un traje sexual, pero la impresión que daba no era tan extraña como para no ser encantador.

En otras palabras, ella vestía un vestido estilo bondage bastante agresivo que daba la impresión de pertenecer a una reina.

Su cabello negro combinaba perfectamente con aquel delgado vestido, más que en nadie que él hubiera visto antes. No obstante, el problema yacía en que en aquellos ojos escarlata, tan brillantes y hermosos como una joya, irradiaba una luz de maldad y crueldad.

Sin previo aviso, y rápidamente, la hermosa chica comenzó a mover sus labios. Y así viendo directamente hacia Kaito, ella dijo:

—“Oh alma inocente, tú que has sido asesinado por la crueldad del hombre. De ahora en adelante, trabajarás para mí como mi fiel sirviente.”

Aquel tono de voz dejaba claro que no aceptaría un “no” por respuesta. Por supuesto, él por su parte no entendía el motivo de tomar a un muerto por sirviente. Y así, ella proclamó nuevamente ante Kaito, quien por la sorpresa soltó una sonrisa prominente al darse cuenta que podía respirar una vez más.

—“Yo soy la princesa de la tortura, Elisabeth Le Fanu. Aquella tan orgullosa como un lobo, y tan despreciable como un cerdo.”

 

 

 

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